Skip to Content

Visor

Clausura 2ª edición Taller de Arte y Emociones

DISCRETIZAR LA REALIDAD

La última semana de Abril concluimos el taller de "Arte y emociones" que ofrecimos a las familias por segundo año consecutivo. Debido a retrasos en el calendario, fiestas varias y semanas de exámenes solo nos dio tiempo a realizar 10 de las 15 sesiones que estaban inicialmente previstas.

Idear un programa que combine la expresión artística y el autoconocimiento de los adolescentes lleva siendo desde hace unos años una de mis máximas inquietudes. Cuanto más tiempo paso con jóvenes, más me maravillo de verlos "funcionar". Creo que esta fascinación comencé a tenerla viendo partidos de la NBA cuando era pequeño; me quedaba extasiado viendo a Michael Jordan manejar el balón con tanta soltura, o a Magic Johnson haciendo asistencias sin mirar. Pero lo mejor no era solo verlo, sino experimentarlo en mis propias carnes en la pista de baloncesto, así que en cuanto tocaba la campana salía corriendo al patio para tener el máximo tiempo posible para jugar “el partido del recreo". Aquellos momentos eran sagrados para mí; daba igual volver "sudando la gota gorda"… Nunca me he sentido más pletórico que cuando corría hacia la canasta del contrario, confiando en que íbamos a encestar.

En clase, como profesor, siempre me ha gustado ver a cada grupo como un "dream-team". Se nota mucho la diferencia cuando un grupo se entrega al partido y cuando está pendiente de "otro partido" que no es el que dirige el profesor. A veces, no siempre, se percibe esa sensación de equipo también en clase y entonces me siento como Michael Jordan, cuando era capaz de ver sin mirar a ese compañero desmarcado. Solo con observar cómo entra a clase un alumno ya percibo qué le pasa: hacia dónde se sienta, qué material saca (o no), si hace preguntas (inteligentes), si saca la lengua al dibujar, si pierde la mirada en el infinito o si mira mucho el reloj... Todo son indicios que desvelan su predisposición. A veces juego con los más despistados a atrapar su atención, para que entren en el juego; otras les robo el protagonismo o les niego el permiso (para que vean quién manda en la pista). Lo importante es no perder de vista el juego.

Debo decir que me siento muy afortunado de poder dar Plástica, una asignatura ya en peligro de extinción, porque me permite jugar mucho con el binomio expresividad-personalidad. No concibo una clase en la que no se eduque, de algún modo, la personalidad. Porque es en la psicología propia de cada alumno donde se realiza el verdadero aprendizaje: Esos "aaaaaaah" que surgen espontáneamente en el desarrollo de una clase son los que denotan hallazgos de conocimiento que es siempre necesario recalcar; la meta-clase (o clase sobre la propia clase) es un ejercicio a menudo no tenemos tiempo de hacer los profesores, aunque, sinceramente, creo que debería haber, al menos, una hora al día, en la que los alumnos analizaran en qué manera están aprendiendo. Imagínese el lector ese acto de autoconciencia por el que, no solo una persona hace algo, sino que, además, se da cuenta de que está haciendo ese algo. Durante la oposición, no han sido pocas veces las que he jugado yo mismo a verme a mí mismo estudiando, para evitar ese aprendizaje automático en el que a veces caemos víctimas del tedio cuando entramos en el bucle de la repetición… Este acto de supraconciencia es algo parecido a lo que les pido a mis alumnos, tal vez con escaso éxito, cuando les digo que han de reflexionar sobre lo que dibujan en el cuaderno del artista. Y es, también, lo que hemos intentado hacer en el taller de “Arte y emociones”, cuando hablábamos de qué representaban, cómo y por qué. Porque si nos pusiéramos a repasar, nos daríamos cuenta, de que gran parte de nuestros actos los realizamos de manera automática. Y es por eso que evocar a Neo en Matrix puede resultar muy beneficioso: ¿Cuántas veces he llamado la atención en clase a un alumno por estar sin estar? El acto de aprendizaje está sobrevalorado, en detrimento de la atención. Si prestáramos más atención a estar al 100% en clase, estoy convencido de que sería suficiente un 30-40% del tiempo empleado para aprender los mismos contenidos. Este es un secreto que muchos alumnos desconocen, por más que sería oro para ellos el descubrir que hay una forma muy sencilla de ahorrar tiempo de sus saturadas agendas: dedicarse al 200% el tiempo que dedican a una actividad. Imagino que algo utópico pretender que un alumno ejerza de estudiante el 100%; acaso para ellos sea más divertido copiar los ejercicios de Matemáticas en clase de Inglés, hacer en Lengua los ejercicios de Física, o la lámina de dibujo en la clase de Mates. No se crean que cuento tonterías; esto es el día a día de un alumno medio. Este año en Bachillerato me ha ocurrido que los alumnos se ponían de repente en clase a hacer flexiones y no hay semana que no me encuentre a algúnun alumno desubicado, copiando en mi clase los deberes de otra asignatura. ¿No se darán cuenta de que viven equivocados en el tiempo? Debo reconocer que me halaga cuando un profesor me viene en ocasiones con una lámina, diciéndome que se la han requisado en su clase a alguien, porque no correspondía con la asignatura. Sin embargo, esta especie de sentimientos encontrados es algo con lo que hemos de aprender a convivir… La vida no es tan sencilla en la práctica: a veces nos castigan los padres por nuestro bien, o nos obligan a estudiar cosas que no comprendemos porque nos van a ser “útiles” en el futuro; la vida nos enseña que aprender de los errores es la única forma de dejar de cometerlos; que el miedo solo se puede resolver afrontándolo y que la pena o la tristeza tiene, también, una función positiva. Todas estas cosas, eran, en el fondo, el objetivo que proponíamos los 3 profesores que este año organizamos el taller de arte (José María, Imanol y yo mismo), a los que quiero agradecer públicamente su participación y profesionalidad. ¡¡¡Gracias, compañeros!!! Me he sentido muy respaldado a vuestro lado.

Gusta ver que no está uno solo en esta batalla que es a veces la educación. Pretender enseñar a adolescentes algo más que contenidos y ligar los aprendizajes a sus emociones es algo que no siempre resulta posible, por más que sea revolucionario. No sé hasta qué punto ha podido llegar el mensaje que hemos querido transmitirles a los que nos acompañaron en nuestras reuniones quincenales. En todo caso, a tenor del feedback que nos dieron en la sesión de despedida, sí parece claro que se lo pasaron muy bien y que les apenaba que se terminara el taller.

Tiene algo de simbólico que solo terminaran 5 el taller de los casi 15 que comenzaron. No es que sea ningún triunfo, pero al menos, nos queda el consuelo de haber podido dejar esa huella en los años dorados de los hombres y mujeres del mañana. Algo siempre queda.

Personalmente a mí este año me ha servido el taller para darme cuenta de que la experiencia personal no es transmisible; por más que me guste indagar en cuestiones psicológicas, ponerme a prueba a mí mismo, emprender nuevas aventuras, es cada uno quien tiene, al fin y al cabo, la oportunidad (yo diría incluso la obligación) de aprender a resolver sus propios problemas. Lidiar con la frustración de una relación fallida, superar el miedo a suspender ese examen en el que te juegas el futuro, tener la valentía de poner en tela de juicio la opinión de tus padres o darte cuenta de que la aceptación incondicional del otro es la pieza clave para una amistad duradera no son cosas que se puedan enseñar. Lo que sí podemos hacer es aproximar a los jóvenes a que experimenten en situaciones controladas un “atisbo” de esas experiencias, para que el día que las vivan, les sean mínimamente familiares. En un mundo tecnológico, como el que vivimos, discretizar la realidad puede ser una herramienta útil para aprender a convivir con la incertidumbre. Y si bien nunca estamos suficientemente preparados para responder con calma a los vaivenes de la vida, no está de más practicar para no vernos sobrecogidos el día que nos pase algo inimaginable.

Al final, eso es lo que yo diría que hemos hecho en el taller de arte, enseñarles la portada del libro de la vida. Ahora cada cual ha de tomar la decisión de seguir escribiendo el libro de su vida. Y tú, ¿por qué capítulo vas escribiendo?