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Visor

El teatro a partir de los años 70

El teatro a partir de los años 70

La década de los setenta

Los últimos años de la Dictadura, finales de los sesenta y buena parte de los setenta, son tiempos de crisis y de transformación del panorama teatral. La censura actúa con gran dureza contra el teatro disidente, mutilando las obras, autorizando su representación en escenarios de acceso restringido o en un tiempo limitado, o interrumpiendo las propias representaciones.

A la promoción de un teatro diferente, al margen del costumbrismo y el conformismo dominantes, contribuyen numerosas revistas especializadas como El público o Primer Acto.

Teatro experimental o vanguardista

A finales de los años 60 y, sobre todo, a partir de los 70 hay una tendencia por la recuperación de las técnicas de vanguardia como lenguaje escénico. Algunos críticos hablan de “teatro soterrado”, porque en pocas ocasiones subió a las tablas.

Frente al teatro realista anterior en el que lo importante era el compromiso sobre la estética, aparece un teatro innovador, paralelo a la nueva estética de la novela o de la poesía contemporáneas.

Este teatro emplea recursos vanguardistas y experimentales, de formas alegóricas y simbólicas, y de potenciación de los demás lenguajes escénicos (luces, decorados, tramoyas, mímica, máscaras) para hacer la crítica social y la lucha contra la dictadura.

Se compone un espectáculo total en el que el texto es sólo un pretexto para la representación, por lo que puede ser manipulado y enriquecido por los que intervienen en ella. Incluso se rompen los límites de la escena, en un juego dinámico que implica a actores y espectadores en una verdadera fiesta teatral. El teatro experimental busca nuevas fórmulas frente al teatro convencional, con un lenguaje y unos elementos escénicos diferentes.

Estos autores tuvieron mayores dificultades incluso que los representantes del realismo social: su teatro era igual o más crítico que el de aquellos, lo que provocó problemas con la censura, y su audacia formal los alejó de los escenarios convencionales y del público mayoritario, convirtiéndose en una nueva corriente de teatro soterrado.

Este teatro vanguardista presenta dos tendencias:

  • Tendencia experimental

En esta tendencia destacan: Francisco Nieva, incluye erotismo, absurdo y técnicas cinematográficas y surrealistas Pelo de tormenta y La carroza de plomo candente o Fernando Arrabal que, aunque su obra aparece en la década de los sesenta, se desarrolla también durante la década de los setenta con obras como El Arquitecto y el emperador de Asiria y Oye, patria, mi aflicción.

  • Tendencia simbolista

Esta tendencia apuesta por un simbolismo universal, provocador, vanguardista y pesimista incluyendo simbología animal. Con frecuencia se presenta el tema del poder opresor con autores como José Rubial con La máquina de pedirMiguel Romero Esteo Pontifical o Pasodoble y Manuel Martínez Mediero con El último gallinero.

Además, destacan los denominados grupos de teatro independiente.

Durante la década de los setenta aparecen multitud de grupos independientes, verdaderos talleres de creación teatral, que adaptan los textos o los crean de forma colectiva, junto a los demás elementos del arte escénico, que responde a las técnicas del experimentalismo europeo: Stanislavski, Grotowski o el teatro del absurdo de Jean Ionesco o Samuel Beckett.

Multitud de grupos proliferaron en esos años, algunos con una trayectoria y algunos espectáculos memorables: Los Goliardos, Tábano, Els Joglars, Teatro Experimental Independiente (TEI), La Cuadra, Teatro Español Universitario (TEU) de Murcia, Teatro Fronterizo, etc.

En los años ochenta surgen nuevas formas de espectáculo teatral que se sitúan, por diversas razones, al margen del teatro comercial. Los grupos independientes siguen existiendo, aunque en menor número, y algunos se han especializado en el llamado teatro de calle, con escenificaciones espectaculares, que se proponen la participación del público o la simple provocación: Els comediants, La fura dels Baus, La cubana…

La década de los ochenta

Además de gran variedad de tendencias teatrales, ha habido una gran proliferación de autores y, de esta forma, se han mezclado con autores noveles con otros ya consagrados.

Los autores más destacados son: José Sanchis Sinisterra con ¡Ay, Carmela!, José Luis Alonso de Santos con Bajarse al moro o La estanquera de Vallecas, Fermín Cabal con Caballito del diablo,Fernando Fernán Gómez con Las bicicletas son para el verano, Ana Diosdado con Los ochenta son nuestros o Adolfo Marsillach con Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?

A partir de la década de los noventa

En general, a finales del siglo XX, casi todos los autores se dedican también a talleres teatrales y a otros oficios dentro del teatro (son directores, actores, productores, etc.). Predominan en las obras fórmulas teatrales clásicas, con estructuras convencionales. Los personajes afrontan una realidad compleja y hay una combinación de humor y drama, en la que se resuelve el conflicto de forma favorable.

Destaca en estos años también la importancia de un grupo de dramaturgas, que aportan una visión crítica de la realidad. Aparece la Asociación de Dramaturgas, fundada en octubre de 1986. El grupo inicial estaba formado por Julia García Verdugo, Carmen Resino, Maribel Lázaro, Pilar Pombo, Concha Romero, Paloma Pedrero, Yolanda García Serrano y Lourdes Ortiz.

Las obras escritas y representadas desde la década de 1990 se caracterizan por una estética realista que rehúye el costumbrismo. Hay una primacía de la palabra, que lleva a abandonar la experimentalidad y el hermetismo escénico. Los temas son temas universales, complejos, que aúnan lo social y lo existencial. Las salas alternativas cobran gran importancia y así irán apareciendo nuevas voces.

Entre los autores más representativos encontramos, entre otros, a Alfonso Zurro con Farsas maravillosas, Dulce Chacón con Segunda mano o Paloma Pedrero con La llamada de Lauren.

Entre las nuevas generaciones encontramos, entre otros, a Paco Becerra autor de Grooming, sobre el ciberacoso y la relación entre un hombre maduro y una chica joven, Marta Buchaca con Las niñas no deberían jugar al fútbol, calificada como un gran thriller psicológico) o Guillem Clua con El sabor de las cenizas.

Por otra parte, adquieren importancia y éxito los musicales. A partir del año 2000 se produce un desarrollo del musical, la mayoría de las veces con espectáculos montados sobre temas conocidos por un público amplio como sucede con Hoy no me puedo levantar Más de cien mentiras. Entre los autores más importantes en el género del musical podemos señalar al propio Guillem Clua con obras como Killer.