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Visor

Rumbo a la esperanza

A lo lejos, entre el murmullo caótico de sus pensamientos, se podían percibir los gritos del caballero al que acababa de robar; para el joven esa no era su mayor preocupación, lo único que debía hacer en ese momento, si no quería ser ahorcado, era correr. Los pulmones le ardían cortados por el frío aire de invierno, la mojada calzada de piedras irregulares le arañaba los pies a cada paso que daba y todo su cuerpo le pedía a voces que parara, pero él no podía hacer eso.

Cuando después de unos minutos de correr se detuvo abatido por el esfuerzo, ya no se oían los pasos del caballero; pensó que estaba a salvo. Con la respiración entrecortada intentó ubicarse, pero no vio nada reconocible a su alrededor, posiblemente se encontraba al final del puerto pues, lo único que se podía ver, unos pasos más adelante de ese callejón sin salida, era una desgastada balandra. Tenía la madera roída por las ratas, las velas recogidas en los postes estaban desgastadas por el viento, el vaivén de las olas hacía que la podrida madera de la nave crujiera, y además era de noche lo que, en conjunto, hacía que pareciera encantado. Detrás de ese pequeño barco, un inmenso galeón se situaba en el fondo vigilado por dos soldados; las partes labradas parecían estar teñidas de oro, se alzaba una bandera en cada mástil además de otros estandartes y gallardetes rematando las puntas, tallado en la madera se podía leer “Esperanza”.

Un escalofrío le recorrió la nuca cuando percibió unas voces a lo lejos, el pánico se apoderó de su cuerpo al pensar que podría ser don Gregorio en busca de su dinero. A su derecha, un imponente acantilado se alzaba sin dejar hueco para unos arbustos donde esconderse y a su izquierda, solo le esperaba el mar enfurecido por una inminente tormenta; se le acababa el tiempo y las voces cada vez se distinguían mejor, lo único que se le ocurrió fue subir al tenebroso barco ya que este no tenía vigilancia alguna y era más accesible.

Rápidamente se colgó de la cuerda que amarraba el navío a tierra y haciendo uso de las pocas fuerzas que le quedaban trepó como pudo hacia la cubierta. Una vez arriba, el aspecto de la embarcación seguía siendo fantasmal. Intentando no hacer crujir la desgastada madera del suelo, se colocó detrás de un barril vacío.

Unos veinte hombres se acercaban al barco, algunos cantando y riendo, la mayoría haciendo eses debido al alcohol. Todos los murmullos y risas se detuvieron súbitamente cuando una grave y raspada voz se hizo escuchar por encima del bullicio.

-En cuanto la tormenta amaine zarparemos rumbo a mar abierto, estad preparados –el imponente dueño de la orden estaba cubierto de profundas cicatrices que le surcaban el rostro; la barba, de un profundo color negro, le llegaba hasta la mitad del pecho y bajo su pesada ropa se escondía un inmenso cuerpo que, en comparación con Alejandro que hacía poco que había cumplido sus dieciséis años y no poseía ni un gramo de músculo, le pareció una inmensa montaña.

- ¡Sí, capitán! –gritaron todos a la vez, y comenzaron a subir al barco.

Alejandro estaba acurrucado en la esquina, el corazón le iba a mil y tenía la sensación de que en cualquier momento escucharían su irregular respiración. Decidió esperar a que la tripulación se durmiera para escapar sin que le vieran.

Al cabo de unas horas el cansancio le hizo mella y los parpados le empezaron a pesar, su hermana le estaría esperando junto a las monjas que llevaban el orfanato, no podía dormirse, tenía que volver ahora que por fin había conseguido dinero suficiente para que pudieran irse de esa desdichada ciudad.

 * * *

Se despertó por el vaivén de las olas, desubicado al encontrarse rodeado de mar y con el sol brillando incansable en el cielo despejado. No se lo podía creer, al final perdió la batalla contra el cansancio y acabó sumergido en un profundo sueño. ¡Tenía que regresar! No podía abandonar a su hermana. Mareado por el movimiento del barco, no tuvo mas remedio que acercarse a uno de los laterales de la cubierta y vomitar.

-¡Un polizón! –gritó uno de los marineros alertando a toda la tripulación.

Mientras él se resistía, dos fuertes hombres lo llevaron frente al capitán del barco, el cual, poseía una mirada carente de expresión que congeló las venas del joven.

-Echadle por la borda –dijo sin inmutarse y a continuación se dio la vuelta para volver a su camarote.

-¡No! Se lo suplico, hare lo que queráis, puedo daros dinero... –al capitán le interesó esa última afirmación, se dio la vuelta e hizo un gesto para que dejaran de arrastrarle hacia el costado de la balandra donde se encontraba el tablón de ejecución.

-Estas de suerte muchacho –dijo sin mostrar un atisbo de sonrisa–. No morirás, por lo menos, no hoy, pero a cambio seguirás mis órdenes. Si incumples esta norma o nos molestas, morirás, ¿lo has entendido?

El muchacho atemorizado asintió frenéticamente y el capitán estiró la mano en su dirección; con pena Alejandro le tendió la bolsa de reales que tanto le había costado conseguir.

Ese fue el comienzo del terrible viaje que le había tocado vivir, trabajaba sin parar atento a las órdenes de la tripulación, dormía apenas unas horas y si comía, solo obtenía unos pobres mendrugos de pan. Viajaron a lo largo del océano atlántico atracando aldeas y ciudades situadas en aisladas islas, conoció diversos sitios, culturas e idiomas, no habría imaginado nunca que el mundo era tan grande.

Aprendió a descifrar los significados de las distintas banderas y a ubicarse utilizando las estrellas; también aprendió que antes de un atraco siempre se emborrachaba la tripulación, por lo que Alejandro aprovechando el estado del resto robaba un poco de comida. Poco a poco se ganó la confianza del capitán y dejó de ocuparse de la limpieza del barco para ayudar en las cocinas.

Un día en el que Alejandro estaba fregando los platos oyó la conversación que estaban teniendo el capitán y uno de los marineros:

-Capitán, dentro de dos meses el galeón Esperanza navegará por estas aguas cargado con riquezas de América, según mis fuentes, trae oro suficiente como para contentar a siete reyes –dijo este emocionado.

-No hay tiempo que perder, avisa a la tripulación y preparaos. Cuando el barco este a nuestro alcance lo asaltaremos –normalmente esta no hubiera sido una noticia digna de mención, ya que durante el tiempo que había pasado en la mar presenció numerosas batallas y robos; pero esta vez había reconocido el nombre del barco y sabía que se trataba del que vio al fondo del puerto en su ciudad, con suerte se dirigiría allí. Esperanzado por la noticia empezó a idear un plan para escapar con vida y reunirse de nuevo con su hermana, no era seguro, pero ya tenía algo a lo que aferrarse.

* * *

En el siguiente mes todos estaban ansiosos, se paseaban nerviosos de un lado a otro, limpiando y colocando las armas, otros se situaban en el camarote preparando la estrategia para el enfrentamiento y a todo esto aprovechando el revuelo general, Alejandro consiguió confirmar que el barco que iban a atracar se dirigía de vuelta a Sevilla, pero su plan todavía estaba incompleto y se le acababa el tiempo.

A falta de tres semanas para el gran día, uno de los marineros disparó accidentalmente al capitán en la pierna. Primero, mataron al responsable y luego, se dirigieron a la isla más cercana para buscar ayuda. A Alejandro le parecía irónico el hecho de que no les hubiera costado nada deshacerse de un camarada en perfecto estado y valido para la batalla y que, sin embargo, tuvieran que desviar su ruta para salvar al capitán.

Una vez en la isla, encontraron a un galeno, este utilizó unas vallas que se encontraban plantadas por toda la isla; las vallas sumergieron al capitán en un profundo sueño y mientras tanto el curandero le amputó la pierna y colocó un palo de madera en su lugar. La pata de palo le hacía ver como uno de esos piratas que aparecían en los cuentos infantiles y, junto con su tenebrosa aura, completaba el papel de asesino sin corazón que tan bien se le daba representar. El capitán estuvo dormido varias horas y cuando despertó regresaron al barco utilizando unas pequeñas barcas de remos.

El muchacho tuvo que contener una sonrisa, ya tenía la pieza que le faltaba para llevar a cabo su plan, Sevilla estaba cada vez más cerca y aunque nunca habría pensado que sería así, estaba deseando volver. Antes de partir de la isla, con cuidado de que nadie le viera, Alejandro se llenó los bolsillos de vallas venenosas, «suficientes como para dormir a una tripulación entera», se dijo.

***

Ya era la noche antes del abordaje contra el barco Esperanza, estaban a poca distancia del navío, pero a la suficiente como para que no los avistaran; lo asaltarían al atardecer cuando el sol ya se hubiera puesto para que a los vigilantes del galeón les costara más darse cuenta de que un barco se acercaba a ellos. Alejandro era el encargado de mover los barriles de vino hacia la cubierta, cuando se encontró solo colocó vallas venenosas dentro de estos.

Los piratas bebían mucho, así que, bajo el efecto del alcohol, ni al capitán le pareció extraño que poco a poco algunos fueran perdiendo el conocimiento. Cuando solo quedaba Alejandro en pie, cogió un par de planos y notas del camarote y las llevó a uno de los botes que habían utilizado para llegar a la isla, lo más veloz que pudo remó en dirección al galeón, tenía que darse prisa si no quería que se despertaran antes de que él volviera.

En el barco le ayudaron a subir y como prisionero lo llevaron frente al comandante, una exclamación ahogada trepó por la garganta de Alejandro al darse cuenta de que sentado en la silla del ostentoso camarote se encontraba nada más y nada menos que Don Gregorio, el caballero al que hace meses había robado y por el que se había visto embarcado en este viaje.

-¿Qué hace este ladrón en el barco? –preguntó furioso don Gregorio al reconocerlo.

Alejandro cogió aire y le contó todo lo que había pasado en esos últimos meses, el caballero no pareció muy convencido, pero según continuaba la historia y mostraba los planos fue adoptando una mirada más seria.

-Ahora, vuestra merced, si quiere saber qué día os asaltarán le pido que a cambio me lleve de vuelta a Sevilla.

Sabía que era probable que se negara, pero era su única oportunidad de volver a ver a su hermana y no podía desperdiciarla.

-De acuerdo -dijo Don Gregorio haciendo que Alejandro soltara un suspiro de alivio-, pero si lo que dices no es cierto, te encontraré y te lo haré pagar con tu vida.

-Mañana, mañana al atardecer, intentarán asaltar el Esperanza.

El comandante comenzó a dar órdenes diciendo a sus tripulantes que se prepararan y Alejandro volvió a la barca.

Remando lo más rápido que pudo rezó por que los piratas siguieran dormidos y, una vez de vuelta, le alivió comprobar que así era, dejó los planos donde estaban antes de que él los cogiera y se puso a limpiar los vasos como cada vez que los tripulantes celebraban.

Al atardecer del día siguiente tuvo lugar la batalla, pero a la tripulación del galeón no le pilló de improviso para sorpresa de los piratas. El muchacho, mientras la ensangrentada lucha se llevaba a cabo, cogió un puñado de monedas del camarote del capitán y se escondió en el galeón esperando a que los disparos y gritos furiosos se detuvieran. Al final los piratas fueron derrotados ya que fueron superados en número y armas, y su única ventaja, que era pillarlos por sorpresa, había sido desaprovechada.

Llum Fernández Fontalba