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Visor

Echoes

Observaba la boya de su caña balancearse sobre el oleaje, al mismo ritmo que la embarcación en la que se encontraba, dirigida por el viento. La observaba como si no existiera otra cosa en el mundo; como si el resto de sus días fueran a estar destinados a convivir con ella, sobre ese mar que se extendía al infinito en todas las direcciones, en la que era difícil conseguir algo de dopamina.

Su vista fue redirigida hacia el joven que salía del camarote, adormecido y con su uniforme de marinero colocado a desgana. Sostenía en una mano una taza humeante y en la otra el gorro a juego con su vestimenta, que sostuvo sobre sus ojos tras ser sorprendido por el resplandor del sol.

-Cada día te levantas más tarde.

-Me cuesta dormirme –bostezó, sentándose en la proba del velero y aprovechando para ponerse el gorro.

El hombre con la coleta volvió su vista al sedal. El barco era de costado bajo, tanto que apenas colgaba un metro de este.

-Te dije que dejaras de beber café.

-Y lo hice. Esto es agua –tiró el contenido de la taza al mar.

-Pero lo único que ha cambiado es que ahora estoy casado todo el día, en lugar de solo la mayoría de él.

-No deberías bromear sobre tu salud.

-¿Qué más da? Tampoco es que tenga nada que hacer durante el día. Da igual si al final acabo despertándome por la noche.

-Sigues teniendo responsabilidades, ¿sabes? La mía, por ejemplo, es darnos de comer –señaló la caña, que sostenía sobre un soporte con la ayuda de un par de libros-.

-Mmm –asintió el más joven, observando el agua asomando al borde del barco.

-Hablando de comida…

El chico metió el brazo en el agua con rapidez, haciendo suficiente ruido como para sorprender a su compañero. Al sacarlo sostenía en su mano un agitado pez volador.

-¡Rose! –se quejó-. Nada de peces voladores. Quedamos en ello ya hace tiempo.

-Lo dijiste tú –dijo observando el pez antes de dejarlo marchar de vuelta al mar.

-No sé por qué te gustan tanto.

El chico se quedó observando el mar en silencio. Hume, mientras tanto, se recolocaba la gorra para que no le diera el sol, atento aún al anzuelo que no parecía atraer ninguna presa. Soltó una pequeña risa tras un minuto de silencio, levantándose de su silla de campo por primera vez ese día:

-Vale, Rose… -se acercó a él-. Tú no eres así. ¿Qué te pasa, tío?

El joven miró, perdiendo de su rostro todo rasgo de positividad que le quedara.

-Algo te tiene que estar quitando el sueño, ¿no? ¿Qué es?

Dudó en hablar durante un segundo: “Nah… te enfadarías.”.

-Mira, Rose, no sé cuánto tiempo más vamos a estar aquí, pero no va a ser poco. Y no quiero pasar ese tiempo con un tipo deprimido, ¿entiendes?

Rose resopló:

-Déjame pensar, ¿quieres?

-¿Cuánto tiempo? ¿Dos, tres meses? Así vas a perder las ganas de vivir.

-No… Me gusta la vida tranquila, igual que a ti. Si no, no habría salido al mar contigo en primer lugar.

-Estabas dispuesto a pasar mucho tiempo navegando hasta que encontráramos un nuevo continente, sí. ¿Qué pasa?, ¿ya no te gusta el océano?

-No, no… -echó un vistazo al horizonte-. Sigue precioso.

Hume se sentó en frente de él, junto al timón.

-Entonces, ¿por qué estás así? A este paso vas a acabar diciéndome que quieres dar media vuelta.

Rose se mantuvo en silencio. Hume frunció el ceño.

-¿Es eso? –no habló-. ¡Dios, Rose! ¡Dijiste que estabas dispuesto a estar aquí el tiempo que hiciese falta!

-Sí, pero, Hume… -se levantó-. Han sido ya tres años de ir en círculos buscando un continente que cada vez dudo más de que exista. Y, simplemente… No sé si es así como quiero morir.

-¿Ya estás pensando en la muerte? ¡Rose!, ¿te acuerdas de lo que solías decir? ‘Somos hombres de mar, no nos preocupamos por el tiempo’.

-¡Pero de eso hace ya mucho! La vida ya no parece tan larga, e incluso si encontramos un nuevo continente, ¿de qué nos serviría? ¿Qué haríamos allí?

-¡Vivir tranquilos! Igual que aquí. Ese era el punto; no queríamos un sitio donde ir, solo necesitábamos demostrarnos a nosotros mismos que la gente se equivocaba. Que no somos unos gandules que simplemente querían descansar todo el día y no hacer nada con su vida. Queríamos mostrarnos a nosotros mismos que éramos hombres de mar, ¡y qué nos importa el viaje antes que el destino!

-Bueno, ¿no nos hemos demostrado eso ya? Salimos aquí al fin y al cabo.

-Pero, ugh –suspiró-. ¿Qué piensas hacer de todas maneras? Una vez vuelvas, ¿quién va a estar ahí para darte la bienvenida?.

-No necesito a nadie.

-Entonces, ¡¿por qué querrías volver?! Si vuelves y alguien te reconoce solo se reirán de ti: ‘El pequeño Rousseau se piensa que la vida es bella y tranquila. No puedo esperar a que vea lo contrario’. ¿Te acuerdas de eso? ¿Me vas a decir que tenían razón?

-¡No, Hume! ¡Que le den a esas personas, espero que ni siquiera se acuerden de mí. Solo echo de menos la tierra, eso es todo.

-Estabas dispuesto a dejar esto atrás! ¡Esto es lo que me pasa por hacer planes con críos!

Rose se giró, cruzando los brazos, y se volvió a sentar, tratando de no dirigir su mirada hacia su compañero, que estaba aprovechando el silencio para sacar un cigarro de uno de los bolsillos de su chaleco y un mechero de uno de los del pantalón.

Escuchó el sonido de la marea, tan repetitivo como su día a día en aquel barco. Como sus uniformes que eran los mismos que usaba cuando tenía diecisiete años. Como la rutina de observar el horizonte con los prismáticos solo para no encontrar ningún tipo de tierra y volver a decir ‘nada, sigue adelante’. Ni siquiera recordaba ya el día en el que se fue.

-¿Y qué quieres de mí? ¿Que me siga diciendo a mí mismo que mañana será finalmente el día en el que encontremos tierra?

-No, ¿Te crees que yo me digo eso? ¡Yo también he perdido la esperanza! –le dio una calada al cigarro-. Creo que incluso prefería no encontrar nada nunca, cuantos menos cambios, mejor, más tranquilo estaré. Yo, al contrario que tú, nunca dije cosas de las que me acabaría arrepintiendo. Soy un hombre de mar, el tiempo para mí es irrelevante, no me puede hacer cambiar.

Rose sorbió con la nariz, aún mirando al mar.

-Y te guste o no tú tomaste una decisión hace tiempo con la que ahora tienes que vivir; probablemente moriremos en este barco, ¿y qué? Estábamos dispuestos a ello. Nadie nos recuerda en tierra de todas maneras, por lo que a mí respecta estamos ya muertos, y los muertos no vuelven a la vida. Menos aún cuando no hay ninguna tumba en la que ponga Hume, o en la que ponga Rousseau.

Se volvió a dirigir a babor, a sentarse en su silla junto a la caña de pescar. Rose sollozaba.

-Cállate, por favor.

-Si no te lo digo yo acabarás pensando tú solo. Tenemos mucho en lo que pensar y poco de lo que preocuparnos. Eso también es parte de ser un hombre del mar. Si te acabas volviendo loco, ese no es mi problema. Es mi barco, y no voy a dar la vuelta.

-‘Hombre de mar…’, menuda estupidez se me tuvo que ocurrir.

Rose lloraba mientras el hombre de la coleta le miraba de reojo con el ceño fruncido; no parecía particularmente arrepentido de lo que había dicho. Se podría interpretar que estaba más apenado por la decadencia del que por mucho tiempo fue su mejor amigo.

Rose se movió para sentarse frente al timón sin moverlo. Solo observándolo y posando su mano sobre él. Hume le miró; y por costumbre cogió los prismáticos que descansaban a la izquierda de su silla. Miró al horizonte una vez más, hacia las infinitas olas, que esta vez alcanzaban, muy a lo lejos, la difícilmente visible silueta de unas montañas. Su ceño fruncido desapareció, siendo reemplazado por un rostro que mostraba inseguridad.

-¿Ves algo? –le preguntó levemente desahogado Rose-.

Hume dejó caer los prismáticos de vuelta al suelo.

-Nada… Sigue adelante.

Oscar Blanco.