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Visor

Si te duele la cabeza, date un chapuzón.

¿DEJAR O QUE TE DEJEN?

 

El otro día yendo en coche al Instituto preguntaban en la radio a los oyentes si era mejor dejar a una pareja o que te dejen. Me pareció curiosa la pregunta… La mayoría, según las encuestas, contestaban que preferían dejar, porque así al menos tenían la oportunidad de tomar la decisión. Parece que poder decidir sobre el futuro otorga, por lo menos, cierta sensación de control. Por más que pueda ser doloroso – decían quienes llamaban – ayuda el saber que es uno quien ha tomado la iniciativa.

Había quienes, sin embargo, confesaban ser demasiado cobardes para dejar una relación y reconocían haber provocado en ocasiones la desidia y el hastío para que la pareja, hastiada, tomara esa decisión que ellos no se atrevían a tomar.

“Pero Fran – diréis – ¿a qué viene esto ahora?”

Para mí este ha sido un año de “dejar” y, debo decir, que no es algo que me resulte nada fácil. Ceder el control es algo que nunca he llevado bien. Ya lo saben mis alumnos, lo que me cuesta dejarles que hablen en clase, o que se levanten aunque sea para ir al baño; es algo que me dicen mucho en las encuestas de fin de curso, que soy demasiado estricto con la disciplina, que pongo muchos negativos. Parece como si no estuviera bien visto el “no dejar” hacer cosas en clase. No es fácil impartir clase cuando te han criado con unas normas que ahora son obsoletas y te pueden crear “mala fama”. Me hubiera gustado ver cómo reaccionaban mis profesores al ver a un alumno levantarse sin más contemplación para ir al grifo a beber agua, o llegar tarde a clase, entrar sin disculparse y hablando en voz alta; parecen cosas menores, pero es en los pequeños gestos donde se nota el ambiente de trabajo y la armonía. Sin duda cada año es mayor  la disonancia entre el límite que consiente un alumno medio y el que tolera un profesor en lo que a disciplina se refiere. Y esto, quieras que no, provoca a veces dificultades cuando se trata de llevar el timón de una clase. Porque claro, no se puede enseñar nada que un alumno no quiera aprender.

En mis primeros años de profesor, recuerdo que nos enseñaban que las normas tenían que ser consensuadas para que fueran aceptadas y respetadas. Ahora ya vienen escritas en la agenda en lo que se denomina código de convivencia, pero me parece que pocos las leen, porque si lo hicieran, seguro que pasaría como con los contratos del banco, que si lees la letra pequeña no firmarías nada. Sí que apuntaría yo algunos puntos más en el código de conducta que me parecen importantes: cosas sencillas, del tipo, no jugar a la pelota en clase, o no jugar al ping pong (porque queda mal, supongo, eso de “no jugar en clase” a secas)

Fotos extraídas de un artículo en internet

Dicen que las normas deben escribirse siempre en positivo, pero, de verdad, que se antoja cada vez más difícil hacerlo; decirle hoy a algunos alumnos que lleguen puntuales, se sienten en su silla, saquen el material y atiendan el profesor es, en muchos casos, una represión a la libertad de expresión; mucho menos se les puede decir a veces que estudien, no vaya a ser que a alguno se le dañe la autoestima. Así las cosas, yo ya opto por dar toda la libertad posible e ir restringiéndoles aquello que ya me parece de sentido común (mi sentido común, al menos). De memoria, recuerdo ahora haber llamado la atención a algún alumno por ponerse las llaves en la cabeza, dejar su firma tatuada en la mesa con el compás, taparse la cara con una bolsa y hacerse el fantasma o abrir el armario del profesor y desvalijarle los chupachups que tenía para incentivar a los alumnos pequeños. Sí, es verdad, reconozco haber coartado la libertad en múltiples casos, pero es que no se pueden hacer una idea cuán grande es la imaginación de los alumnos cuando se trata de aumentar el repertorio de actividades que se pueden realizar en clase. Reflexionando, pienso que tal vez yo tenga parte de culpa en que algunos confundan que el aula es un lugar de aprendizaje y no un lugar de experimentación de “conductas extrañas”; ¿seré yo que a veces extiendo el límite de mis discursos más allá de las obligaciones del profesor y por eso se confunden mis alumnos?

Hablando de surrealismo, este año me planteé el experimento de cruzar la barrera de “profesor tradicional”: Decidí crear a Franz en Youtube y hacer que no fuera el profesor quien fuera detrás de los alumnos, sino que fueran los alumnos los que buscaran al profesor (en la red). Así que ideé un personaje totalmente desencantado con la realidad educativa, hecho a la antigua usanza, con espíritu totalmente prusiano, para que les dijera todo eso que, en ocasiones, por no faltarles al respeto, no le dices a un alumno para no herir la sensibilidad de sus padres (sobre todo la de los que vienen a medio educar). Al principio pensé que era una apuesta muy arriesgada, incluso hasta controvertida, pero me sentía a gusto después de tantos años en el Instituto y quise experimentar, a ver qué pasaba…

Así fue como surgió:

 

APRENDE ALEMÁN CON FRANZ

 
Y no se lo van a creer: Siendo Franz un personaje totalmente borde, arisco y que dice las cosas sin contemplaciones. Los alumnos ¡¡ reclamaban más vídeos de Franz !!

Yo no salía de mi asombro. Va uno con todo el cuidado del mundo para adaptarse a las necesidades de cada alumno, y llega un energúmeno sin ningún gusto para la moda, orgulloso de tener tan poca empatía ¡ y encima gusta ! ¿Será el verlo a través de Youtube, que hace que un personaje que en la realidad sería odioso se pueda volver gracioso?

Lo cierto es que hay cosas en la vida que no tienen explicación, por más que la busques…

La muerte, mismamente, es una de ellas. Lo aprendí desgraciadamente este año, que murió mi padre sorpresivamente. Como también aprendí que puedes esperar cualquier cosa en una clase, y que debes saber no incomodarte lo más mínimo… Como me demostró un alumno a los dos días de llegar a clase tras el fallecimiento de mi padre, que al pedirle un dibujo libre, dibuja un barco pirata y cuando le pregunté qué había dibujado me dice "la muerte” y te quedas ¿? (…) Y lo peor, hay que saber fingir tolerar la falta de empatía del adolescente-amigo que con todo el descaro del mundo todavía te dice al ver mi cara de póker: “Pero profe, no te enfades… Si la muerte es algo de lo más normal…”

 

Y es que hay que estar preparado para cualquier cosa, porque al final dar clase es casi como estar en una obra de teatro permanente, llena de sorpresas e infortunios que nunca sabes por donde te pueden llegar.

Con todo y con esto creo que la gran lección para mí este curso ha sido justamente aprender a “dejar”, porque “no dejar” para un profesor, muchas veces supone una lucha muy grande para la que hay que sentirse muy fuerte para ser capaz de afrontar.

Eso es lo que intenté hacer con la idea de Squigy , crear un espacio donde dar cabida a todas esas historias estrambóticas que ocurren en el día a día dentro del Instituto y, en lugar de rechazarlas, demonizarlas o castigar a los alumnos por sus excentricidades, ensalzarlas para encumbrar ese mundo paralelo que igual los adultos no comprendemos y censuramos, sencillamente porque nuestra manera de pensar es diferente (¡y cuánto!) a la del mundo adolescente.

En esa línea estaba también el Flashmob al que hemos dedicado tantos ensayos después de clase. Sin duda ha sido una gran experiencia para todos los que hemos formado parte, por más que nuevamente hayamos topado con perspectivas diferentes sobre cómo abordarlo: si con seriedad, compromiso y entrega o como una tontería más que hacemos por pasar el rato y no aburrirnos demasiado.

Sea como fuere, quería ese ser mi contribución, como regalo y homenaje al Instituto por todos los años que he pasado en él. Me llevo muchas historias inolvidables, muchos fragmentos de vida y muchas gratas sensaciones de haber podido contribuir con mi granito de arena al desarrollo de muchos de vosotros. Reconozco no haber querido involucrarme demasiado afectivamente este año, ni con alumnos ni con profesores, a sabiendas de que cualquier vínculo que forjara luego iba a hacer más difícil la despedida. Supongo que es una más de mis rarezas (siempre me he sentido un ser especial, lo siento). Estoy satisfecho con el trabajo que he hecho, incluso aunque esté incompleto, porque al final el camino no termina, continúa solo que en otra parte.

Volviendo al título de este post, me incluyo entre los que deciden tomar la decisión de dejar mi relación con el centro, no porque crea que no tengo más que aportar, sino porque creo que lo mejor que podía aportar ya lo he dado. Así es que espero que vengan otros que puedan seguir dando lo mejor de sí mismos para que os enriquezcan con su sabiduría y os ayuden a brillar más y mejor. No espero que nadie se acuerde de Fran, pero sí de Franz, del taller de arte, de los lofis, de las frases raras del cuaderno de artista, de los proyectos grupales, las tizas de colores, las plumas que caen del techo en clase, los aplausos en clase, los cambios de tono sorpresivos, la impresora que se atranca y hace ruiditos, las flores de papel que se abren en el agua, las sesiones de modelo de Superman, los abrazos enfundados en bolsas de basura, los alumnos haciendo de Adonis levantando una rueda, el estuche de multi-colores de Chloé, las sesiones de pseudoterapia en los recreos, la teoría del PAN en las tutorías, el eneagrama y el cine, el baile de la escuadra-el-cartabón-y-el-compás, las circunferencias perfectas sin compás en la pizarra, los desfiles de Sankt Martin, las entregas fuera de plazo, los Squigys o las láminas perdidas que estaban en el cajón de las sin-nombre… Y tantas otras cosas que seguro que recordáis, que a mí se me escapan…

En memoria de todas ellas, ahí va un último regalo, para que lo disfrutéis:

(el próximo año, quien quiera más, que pida más)

 

Feliz verano a todos

Fran (y Franz)

 

PD: gracias a todos los alumnos con los que he compartido clases estos 4 años, a mi extutoría de 1º ESO C, a los compañeros que tuve este año y a los que pasaron en años pasados, a Elsy, a Espe, a Olga y a toda la Conserjería, a Secretaría en su conjunto, por soportar mis muchas demandas de todo tipo, a Jefatura y Dirección por permitirme tantas cosas y darme tanta confianza y, ¡¡cómo no!! a Alain y a las señoras de la limpieza, cuya labor es siempre imprescindible. ¡Ah! Y a los padres, sobre todo a los que leyeron los mensajes de ClassDojo :D, que siempre gusta saber que hay alguien al otro lado.