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Enseñar a convivir

Enseñar a convivir es un reto, sin duda. En el que toda la sociedad debe verse y sentirse involucrada. En el Siglo XXI, marcado por la influencia tecnológica y las sociedades de la información y del conocimiento, las fronteras entre conceptos como educación, familia, escuelas, clima social, organización social, medios de comunicación y contenidos digitales, son especialmente permeables. Probablemente nunca haya sido tan indispensable contar con acuerdos específicos que permitan plasmar las relaciones insondables entre los escenarios donde se desarrolla el hecho educativo.


Y, por supuesto, entre ellos, la escuela surge, como no puede ser de otra manera, como garante en la implementación de complejos procesos de planificación sobre principios esenciales y objetivos a conseguir en el contexto de ejecución de los proyectos y planes de los centros educativos.


Porque la escuela es y debe ser, también, a la par de lo esperable en los entornos familiar y social, un marco donde la convivencia adquiere valor de razón de ser, de corazón y motor de la planificación y desarrollo de experiencias didácticas y educativas. Una escuela que piense y trabaje desde la consideración de la convivencia como un camino desde el que mostrar y construir el conocimiento y las diferentes habilidades y competencias.


Ser, pensar y convivir. Tres principios sustantivos de los objetivos de la educación reglada y de los centros educativos. Tres matrices esenciales desde los que elaborar los proyectos. Aprender a ser, aprender a pensar. Y, por supuesto, aprender, también a convivir. Estos son los retos, entre los que la experiencia de la convivencia adquiere especialmente valor de resultado, pero también y de modo singular, valor vehicular.