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Visor

Establecer para los hijos metas bien definidas y expectativas positivas que orienten a los niños a la hora de considerar qué es lo importante

El establecimiento por parte de los padres de metas altas pero realistas para sus hijos constituye una práctica familiar que se ha revelado efectiva en los estudios empíricos. El carácter proporcionado de las metas es algo especialmente importante en el caso de los niños, pues si son demasiado fáciles no estimulan, pero si son demasiado difíciles, generan tristeza y frustración. Las metas traducen las elevadas expectativas que los padres tienen respecto del comportamiento de sus hijos, lo que moviliza la voluntad de éstos en pos de su consecución; pero también sirven para trasladar a los niños que la obtención de buenos resultados escolares es algo importante para la familia.

La fijación de metas elevadas ha de ir necesariamente acompañada del apoyo afectivo y académico de las familias a los niños en relación con las tareas escolares. Los padres han de manifestar interés en la vida escolar de sus hijos, en sus procesos y no sólo en sus resultados. La valoración de que el esfuerzo realizado es tan importante como los resultados obtenidos es especialmente importante. En ocasiones sucede que con poco esfuerzo algunos niños son capaces de obtener buenos resultados escolares con lo que desperdician buena parte de su potencial de aprendizaje. Pero, otras veces, los niños, después de haber trabajado duro, no consiguen buenos resultados. En estos casos su dedicación merece también el reconocimiento de los padres. La valoración de los resultados debe despertar en los niños una adecuada atribución de sus causas, permitiendo la consolidación o la rectificación de sus acciones en una orientación permanente hacia la mejora.

Las investigaciones han puesto de manifiesto que la práctica de una ética del esfuerzo en el medio familiar contribuye al éxito escolar. Como se ha señalado con ocasión de las prácticas efectivas en el aula y en el centro, también en el medio familiar se ha de trasladar a los niños una concepción incrementalista de las capacidades; esa idea de que con esfuerzo se pueden mejorar las competencias personales y que el desarrollo de robustos hábitos de la mente constituye una especie de inversión de futuro, pues hace más fáciles los aprendizajes posteriores. El mensaje, también en el ámbito familiar, de que quién quiere puede, revaloriza el papel del tesón y la voluntad y refuerza la convicción de los menores. Esa actitud familiar anima a los niños y les facilita el apoyo emocional de donde obtener la energía personal que un enfoque de estas características requiere.