Skip to Content

Visor

Promover en los alumnos una socialización entre iguales que asuma la cultura de la excelencia

Existe suficiente base empírica disponible, para considerar la interacción entre iguales como un elemento fundamental de adquisición de valores y de normas; como un factor relevante a la hora de configurar la personalidad de los individuos en formación. Esta "socialización a través del grupo", como la denomina J.R. Harris, puede llegar a ser, en ciertos casos, más intensa que la derivada del medio familiar. Una percepción espontánea similar parece compartir, al respecto, buena parte de los padres españoles. El estudio de G. Meil para la Fundación La Caixa sobre Padres e hijos en la España Actual  señala que "la mitad de los padres no tienen mucha confianza en su rol de padres, lo que no debe identificarse con una dejación de responsabilidades, sino más bien con una sensación de impotencia ante la importancia que han adquirido otros agentes socializadores, como la televisión, los amigos o el ambiente de la calle".

Aun cuando la socialización entre iguales de niños y adolescentes no acontece exclusivamente en el ámbito escolar, no es menos cierto que, por la permanencia continuada en él, el centro educativo constituye uno de los medios importantes en los que tiene lugar este tipo de socialización. Además, lo que pasa en su interior puede influir, de un modo indirecto, en lo que pasa fuera de él, es decir, en otros entornos de socialización en los cuales el individuo constituye un vector de transmisión de valores, pautas y normas de conducta compartidas, de uno u otro modo, en el entorno escolar, en su núcleo o en su periferia. Como señala Steven Pinker, es esa sociedad propia de los individuos en formación "el crisol donde se forjan nuestras personalidades"[1].

La información contenida en PISA 2003 revela que los alumnos españoles valoran muy positivamente el medio escolar como espacio de socialización entre iguales. Según el correspondiente informe, los centros de educación secundaria españoles, parecen más amigables -y, por ello, quizás tengan un mayor impacto sobre sus conductas- que sus correspondientes de los países desarrollados. Por ello se hace imprescindible orientar la vida del centro educativo de modo que la cultura de la excelencia y el sentido de los valores del esfuerzo y la perseverancia, tengan cabida en los mecanismos de socialización entre alumnos y en sus resultados.

Sabemos que el éxito de los alumnos finlandeses en las pruebas internacionales es atribuible, en cierta medida, a que la cultura de la excelencia forma parte de los centros educativos y ha calado profundamente en las relaciones entre los propios alumnos. 

Berger cita el conocido caso de Jaime Escalante, profesor de matemáticas en la Gartfield High School, un centro público de Secundaria de Los Ángeles repleto de chicos latinos. El reconocido éxito de sus alumnos ha sido atribuido, al menos en parte, a que fue capaz de transformar las normas vigentes en la cultura del grupo. En vez de ponerse en ridículo los unos a los otros por llevarse trabajo de matemáticas a casa, sus alumnos se convirtieron en héroes que demostraban a los EEUU que los pobres chicos latinos podían competir con cualquiera. Desde ese momento, el dedicar tiempo a estudiar matemáticas en casa se convirtió en algo bien visto para los alumnos de la Gartfield.  

 


 [1] Pinker,S. (2003) - La tabla rasa. La negación moderna de la naturaleza humana. Paidós, Barcelona)