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Visor

Amor de verano

    Esta historia comienza un 7 de julio, mi familia y yo estábamos en Alicante de vacaciones. Fuimos a pasar el día a la playa. Era la hora de comer. Estábamos esperando en el chiringuito de la playa a que nos trajeran la paella cuando mi padre soltó la bomba: “Niños, vuestra madre y yo hemos decidido que después de volver de vacaciones, nos iremos el mes de agosto a mi pueblo.” Acto seguido, como sabían que nuestra respuesta no iba a ser positiva, mi madre añadió: “La decisión ya está tomada.” En ese momento lo único que pensé es qué habíamos hecho mal para que mis padres nos quisieran torturar de aquella manera. El único recuerdo que tenía del pueblo era de cuando era pequeña: un sitio pequeño, lleno de bichos, sin gente joven, sin ninguna tienda, y sin cobertura. En resumen, nada bueno. A pesar de que la decisión de mis padres me pareció una tortura, no se me ocurrió decir nada, de eso ya se encargaron mis hermanos y no consiguieron resultados.

    Llegó el 1 de agosto y ahí que fuimos. El día anterior me encargué de despedirme de mis amigos ya que hasta dentro de un mes no los iba a ver. Me levanté a las 10:00, desayuné, acabé de preparar las últimas cosas de la maleta y me puse ropa cómoda. Cogimos el coche a las 11:30, nos esperaba un viaje de 4 horas. El viaje fue bastante tranquilo. Me puse los cascos y me pasé todo el viaje escuchando música y aprovechando las últimas horas de cobertura que iba a tener. Supe que estábamos llegando cuando se me paraba la música por falta de cobertura. Levanté la cabeza miré por la ventana, y la verdad, no vi lo que me esperaba. Cuando era pequeña, íbamos al pueblo algún fin de semana en otoño y siempre estaba vacío. Sin embargo, cuando me asomé por la ventana, lo que vi fue todo lo contrario. Había muchísima más gente, sobre todo en la plaza del pueblo, donde había gente de unos 15-18 años sentada en el bar tomándose un aperitivo. Tuvimos que cruzar todo el pueblo para llegar a mi casa y, a pesar de que el pueblo es pequeño, tardamos unos 10 minutos en llegar porque mis padres se paraban a hablar con cada persona que se cruzaban. Cuando por fin llegamos, abrí la puerta, bajé del coche, y lo primero que hice fue pisar una caca de vaca. Mi padre se echó a reír y me dijo: “Bienvenida al pueblo hija, acostúmbrate a esto y ten cuidado de donde pisas porque esto es muy habitual.” Yo lo único que hice fue resoplar y meterme al baño a limpiarme la zapatilla. Diez minutos después, yo estaba sentada el sofá cuando sonó la puerta de mi casa. Mi padre fue a abrirla y me llamó. Fui para ver que quería y me dijo:

-Hija, te presento a Cristian. Es el hijo de María, una amiga mía. Ha venido a por ti porque le comenté a su madre que pasaríamos aquí el mes, y él tiene aquí muchos amigos que te puede presentar.

Lo único que me salió decir fue un tímido “hola”.

-¡Hola! -me dijo Cristian alegremente - ¿Te vienes? Están todos mis amigos en el parque, nos están esperando.

-¡Sí! -le respondí ilusionada.

    Salí de la puerta de mi casa, empezamos a caminar y a hablar de nuestras vidas. Me preguntó por mi vida en Madrid, los estudios, por el deporte que practico… Yo únicamente me enteré de que él tenía 16 años y que vivía en Barcelona. La verdad es que me costó concentrarme, Cristian era un chico bastante atractivo. Llegamos al parque y allí estaban esperándonos su grupo de amigos. Era un grupo de 14 personas, 7 chicos y 7 chicas. Saludé uno por uno a cada uno de ellos. Eran chicos muy majos, me hicieron sentir una más desde el primer momento. Ese primer día estuvimos en el parque hablando y comiendo pipas. Yo no podía parar de fijarme en Cristian que, de vez en cuando cruzábamos alguna mirada. Se hizo de noche y nos tuvimos que ir todos a cenar. Cristian se acercó a mí y me dijo me acompañaba a casa. Durante el camino seguimos hablando y riendo. Llegamos a la puerta de mi casa y Cristian me dio su número de teléfono y me dijo: “Cuando puedas háblame y te meto al grupo de WhatsApp que tenemos todos.” No sé qué me hizo más ilusión, si que ya fuera una más del grupo o que él me diera su número de teléfono. Yo el número de teléfono no se lo doy a cualquiera, así que fue un gesto muy bonito por su parte. Me dijo que el día siguiente habían quedado a las 12:00 en el parque, por si me animaba a ir. Nos despedimos con un abrazo, yo entré en mi casa y él se fue a la suya. Nada más entrar mis padres me preguntaron que qué tal me había ido la tarde.

    Fueron pasando los días en el pueblo y yo cada vez estaba más contenta. Quedaba cada día con mi grupo de amigos y todas las noches tenía mi ratito a solas con Cristian cuando me acompañaba a casa. Nunca supe cómo describir lo que me pasaba con él, porque nunca antes me había sentido así con alguien. Cuando estaba a su lado, me sentía cómoda, y a la vez, con los nervios del primer día. Era incapaz de mirarle a los ojos y no ponerme nerviosa. Siempre me sacaba una sonrisa. Además, me daba la confianza de poder contarle mis problemas, me sentía escuchada y además sentía que le importaba. Pasada una semana de estar en el pueblo, tuve que acompañar a mi padre a hacer la compra a la ciudad, que estaba a unos 30 minutos del pueblo. Aproveché que salíamos del pueblo y había cobertura para llamar a mi mejor amiga. Le pregunté que qué tal por Madrid, ella a mí me preguntó por cómo me iba en el pueblo y yo le hablé de Cristian. Le dije que era un chico que me hacía sentir especial. Un chico risueño, gracioso, con picardía, alegre, extrovertido, simpático, cariñoso, amable, empático y muy buena persona. Le conté también que era alto, de pelo rizado, ojos verdes, moreno, con la sonrisa perfecta y con un pendiente en la oreja derecha.

    Tengo que reconocer una cosa, hasta que no hablé con mi mejor amiga, no me di cuenta de lo que me pasaba. Estaba tan negada al amor por mis malas experiencias anteriores, que no era capaz de darme cuenta de que lo que me pasaba con Cristian era que me gustaba, bastante. Mi amiga me aconsejó que hablara con él y que le contara lo que me pasaba, ya que no tenía nada que perder y que en tres semanas yo volvería a Madrid. Ese choque de realidad cuando me dijo la palabra “Madrid” me hizo pensar muchas cosas, ya que, en el pueblo me sentía como en casa, la gente allí era increíble, la vida que tenía era tan tranquila y tan guay; y por no hablar de Cristian, una persona que en una semana me había hecho sentir tanto… Pero claro, él vivía en Barcelona y yo en Madrid, iba a ser todo muy complicado.

    Pasaron las semanas y mis amigos y yo hacíamos planes increíbles, porque, aunque solo fuera estar en el parque con un balón y música, al lado de ellos todo eran risas y buenos momentos. Íbamos al río, veíamos las estrellas, jugábamos al fútbol…

    Llegó la última semana, y mi cabeza no dejaba de darle vueltas a las palabras de mi mejor amiga. Todas las noches cuando me acompañaba a casa, yo tenía la duda de si decírselo o no.

    La última noche, para despedirnos todos, hicimos una fiesta (o algo parecido dentro de lo que se podía hacer en el pueblo). Nos fuimos a las afueras del pueblo, al campo, para no molestar a la gente que dormía. Pusimos un altavoz con música y nos pusimos a jugar un juego “Verdad o atrevimiento”. El juego consistía en que nos teníamos que poner todos en círculo, poner una botella en medio, girarla y a quien le apuntase el lado del tapón, tenía que elegir entre verdad o atrevimiento. Jugando a este juego ocurrió el mejor momento del verano. Llegó el turno de Cristian, le tocó verdad y le preguntaron: ¿Hay alguien que te guste del grupo? No me dio tiempo a ponerme nerviosa por lo que fuera a decir porque su respuesta fue a la velocidad de la luz. Tardó una milésima de segundo en responder y decir mi nombre. En ese momento todos giraron la cabeza y me miraron. Juan, el mejor amigo del pueblo de Cristian, que estaba a su lado sentado, le dio una colleja y le dijo “Ya era hora de que lo dijeras”. Yo me quedé sin palabras. Lo único que me salió fue una risa nerviosa. A pesar del momentazo, fueron unos 30 segundos de tensión y luego siguió la fiesta. Es verdad que después noté a Cristian más apagado y más distante conmigo, apenas estuvimos juntos en toda la noche. Cuando acabó la fiesta, como a las 4 a.m, como todos los días, Cristian me acompañó a casa.

-Perdón si te he hecho sentir incómoda, pero es que necesitaba decirlo. -Fue lo primero que me dijo.

-No tienes por qué disculparte, yo también me siento igual, Cristian. Pero no sabía cómo decírtelo. -Le respondí.

En ese momento, él se giró, yo me giré y…

-¡Silvia, Silvia! ¡Despierta! Ya hemos llegado, ya estamos en el pueblo. -Me dijo mi madre.

Me desperté, abrí los ojos desubicaba y me los froté. Todo había sido un sueño. Pero, sin duda, uno de los sueños más bonitos que he tenido.

EGR (3º ESO)